Os acompañamos este acertado artículo de Jesús Mosterín publicado hoy en El Pais donde se refleja con total precisión y objetividad cual es la respuesta del toro ante la desproporcionada e injusta agresión de la que es objeto bajo los aplausos y los pasodobles. ¿Cómo puede reaccionar un animal, por muy dócil y amansado que sea, ante la tortura a la que se le somete desde que sale del callejón y se encuentra con ese mal llamado espectáculo o fiesta nacional? Y lo más curioso, como se justifica esta tortura a la que se le somete con un grandilocuente e inexpresivo léxico y vocabulario taurino que evita utilizar las palabras más comunes para la agresión del torero y su cuadrilla para darles nombres retóricos que encubren lo que realmente sucede en la plaza, apuñalamientos, lanzadas, hundimiento o claveteo de espadas, puntilla con puñal, etc.
«La corrida de toros es el espectáculo público de la tortura sangrienta, cruel y prolongada de un mamífero superior capaz de sentir dolor. El toro, al salir al ruedo y siguiendo su tendencia natural, se quedaría quieto o se volvería de cara a la puerta cerrada. A fin de evitarlo, se le clava la divisa, un doble arpón hendido en sus carnes para provocar una agresividad de la que carece. En la suerte de varas el picador martiriza al toro hundiendo la garrocha en su carne, rompiéndole los músculos del cuello y produciéndole enormes heridas por las que la sangre brota a borbotones. El resto de la corrida se lleva a cabo con el toro chorreando sangre. La corrida continúa con el tercio de banderillas, en que al bovino se le van clavando palos con lacerantes arpones de acero. Finalmente el aquelarre termina con la matanza del ya destrozado animal por el matador, un carnicero patoso que no siempre acierta la estocada». Seguir leyendo: